Por Andrés Pedroza
Creo que el título de esta columna es el más extraño que he escrito hasta hoy. Y aunque parece una contradicción, encierra una idea que presenta el libro “La semana laboral de cuatro horas”. Durante muchos años nos enseñaron una fórmula bastante sencilla: quien llega primero a la oficina y se va al último es un buen trabajador.
El que se queda después de su hora está comprometido. El que contesta mensajes por la noche “trae puesta la camiseta”. El que trabaja el sábado es responsable. Y el que se atreve a preguntar si realmente es necesario permanecer tantas horas en el trabajo corre el riesgo de parecer flojo. Es otra versión de aquella cultura del aguántese de la que hemos hablado antes: aguántese el cansancio. Aguántese el horario. Aguántese porque así ha sido siempre.
Por eso la reducción de la jornada laboral en México de 48 a 40 horas semanales representa mucho más que una reforma laboral. En realidad, nos obliga a discutir algo que durante décadas hemos preferido evitar:
¿Trabajamos demasiado o trabajamos mal?
México ha decidido establecer constitucionalmente una jornada máxima de 40 horas. Pero no ocurrirá de golpe. La transición iniciará en 2027, con 46 horas semanales; bajará a 44 en 2028, a 42 en 2029 y llegará finalmente a 40 horas en 2030. Además, la reducción no deberá significar disminución del salario.
Para algunos empresarios esto representa un problema. Y es comprensible. Hay negocios que necesitan mantener operaciones durante muchas horas: restaurantes, comercios, fábricas, transportistas, hospitales y empresas de servicios no pueden simplemente cerrar la puerta ocho horas antes cada semana. Habrá que reorganizar turnos, modificar procesos, contratar personal en algunos casos y, sobre todo, aprender a administrar mejor. Pero quizá precisamente ahí está la parte interesante de la reforma, porque reducir la jornada no necesariamente significa producir menos.
Europa lleva años ofreciéndonos algunas pistas. En 2025, el promedio de horas efectivamente trabajadas en la Unión Europea fue de 35.9 horas semanales, considerando conjuntamente trabajadores de tiempo completo y parcial. Países Bajos registró 31.9 horas; Dinamarca y Alemania, 33.9; Austria, 34.
Esto no significa que en Europa exista una jornada legal general de 35 horas. La propia legislación comunitaria permite jornadas promedio de hasta 48 horas semanales incluyendo horas extraordinarias y establece reglas de descanso que cada país desarrolla de manera distinta. Pero los datos sí permiten cuestionar una idea muy arraigada entre nosotros: más horas no significan necesariamente mayor productividad.
El libro de Tim Ferriss que comenté al principio de la columna, La semana laboral de 4 horas, llevó esta discusión prácticamente al absurdo con ese título tan provocador. Evidentemente, Ferriss no estaba proponiendo que las fábricas, hospitales, restaurantes o periódicos funcionaran cuatro horas por semana. Su provocación iba en otra dirección: nos invitaba a preguntarnos cuánto del tiempo que llamamos “trabajo” realmente produce resultados.
Su propuesta gira alrededor de cuatro ideas: definir lo verdaderamente importante, eliminar lo innecesario, automatizar lo repetitivo y liberar tiempo.
Y ahí comienza una conversación que las empresas mexicanas deberían tener antes de 2030: ¿Cuántas juntas podrían durar veinte minutos en lugar de dos horas? ¿Cuántos reportes se elaboran simplemente porque alguien decidió hace quince años que había que hacerlos? ¿Cuántas autorizaciones pasan por cuatro escritorios cuando podrían resolverse en uno?
Más aún: ¿Cuántas horas pierde un trabajador esperando instrucciones? ¿Cuántos procesos siguen haciéndose manualmente cuando podrían automatizarse? ¿Cuántas veces confundimos supervisión con tener físicamente sentado a alguien frente a nosotros?
Y una pregunta todavía más incómoda: ¿Cuántas empresas miden realmente la productividad y cuántas solamente miden asistencia?
Ahí está, me parece, el verdadero debate de las 40 horas. Porque podemos cometer un enorme error si simplemente tratamos de meter las mismas ineficiencias de 48 horas dentro de una jornada de 40.
La reducción de la jornada debería obligarnos a revisar procesos, eliminar desperdicios, capacitar mejor, incorporar tecnología, definir responsabilidades y aprender a trabajar por resultados. Por supuesto que habrá costos, negarlo sería irresponsable.
Para una micro o pequeña empresa, perder ocho horas de disponibilidad laboral puede representar un desafío considerable. No todas las empresas tienen capacidad financiera para contratar inmediatamente más trabajadores. Tampoco todas las actividades pueden automatizarse. La transición tendrá que tomarse en serio.
Pero también existe otra clase de costo que durante años hemos preferido no contabilizar: el del trabajador cansado, el del empleado que llega a casa cuando sus hijos ya están dormidos, el del padre o la madre que vive esperando el domingo para resolver todo lo que no pudo hacer durante la semana, el de las personas que trabajan agotadas y, precisamente por eso, cometen errores, atienden mal, producen menos o terminan enfermándose.
Esos costos rara vez aparecen en una hoja de Excel. Pero existen.
Tal vez por eso la discusión sobre las 40 horas llega en un buen momento, no porque trabajar menos sea automáticamente mejor, sino porque nos obliga a abandonar una vieja creencia: que el sacrificio, por sí mismo, produce resultados.
Durante demasiado tiempo construimos una cultura laboral alrededor de la resistencia. Hoy quizá necesitamos construir otra alrededor de la eficiencia: el buen trabajador no debería ser necesariamente quien permanece más tiempo., sino quien genera mejores resultados.
Y el buen empresario tampoco debería presumir que su gente trabaja doce horas. Debería poder presumir que construyó una organización capaz de cumplir sus objetivos sin necesitar que sus trabajadores entreguen la vida completa en el intento.
Quizá Tim Ferriss exageró cuando habló de una semana laboral de cuatro horas, pero las buenas provocaciones sirven precisamente para eso: para obligarnos a revisar aquello que considerábamos normal.
México va hacia las 40 horas. El verdadero reto no será descubrir cómo hacer en 40 lo que antes hacíamos en 48. Será descubrir cuántas de aquellas 48 horas realmente necesitábamos.
