Tengo un problema: estudio demasiado.
Por Andrés Pedroza García
Dicho así, hasta parece una virtud. Y durante mucho tiempo creo que así lo entendí.
Me gusta aprender. Leo, investigo, tomo cursos, busco información, comparo autores, hago anotaciones. Cuando un tema me interesa, difícilmente me conformo con una explicación superficial. Quiero saber más.
Y después, un poco más. Y otro poquito.
El problema aparece cuando llega el momento de hacer algo con todo aquello que aprendí. Entonces pienso que todavía no estoy suficientemente preparado: me falta otro libro. Otro curso. Investigar un poco más. Revisar aquella fuente. Entender mejor aquel concepto.
Hace poco encontré en Hábitos Atómicos, de James Clear, una frase que me obligó a reconocer esta conducta:
“Cuando te pones en marcha estás planeando, estableciendo estrategias y aprendiendo. Todo eso es bueno, pero no produce un resultado. Actuar, por otra parte, es la clase de comportamiento que te conduce a un resultado”.
Me dolió un poquito. O mejor dicho, me dolió bastante, porque me reconocí de inmediato.
Hay una enorme diferencia entre prepararnos para hacer algo y hacerlo. El problema es que ambas actividades se parecen tanto que podemos engañarnos con facilidad.
Estudiar parece trabajo. Planear parece trabajo. Organizar parece trabajo. Hacer listas parece trabajo. Buscar información parece trabajo.
Y, por supuesto, todo eso puede ser necesario, hasta que deja de ser preparación y se convierte en escondite.
He descubierto que existe una forma particularmente sofisticada de procrastinar. No consiste en acostarse a ver televisión cuando deberíamos estar trabajando. Tampoco en perder dos horas mirando videos en el teléfono.
Esa procrastinación sería demasiado evidente. La peligrosa es otra, la que llamo procrastinación elegante. Esa que nos permite pasar todo el día ocupados y acostarnos por la noche con la sensación de haber trabajado muchísimo, aunque aquello que verdaderamente teníamos que hacer siga exactamente donde estaba por la mañana.
Somos como el hámster dentro de su rueda, que corre, corre mucho, suda. Si pudiera llevar un reloj inteligente, probablemente terminaría el día orgullosísimo de sus kilómetros recorridos. El pequeño problema es que sigue exactamente en el mismo lugar.
A mí me sucede con el conocimiento.
Siempre he sentido que necesito aprender más antes de enseñar algo. Y no me parece malo. Al contrario: quien enseña tiene la responsabilidad de prepararse. La improvisación disfrazada de conocimiento tampoco es una virtud. El problema está en ese terrible “todavía no”. Todavía no sé suficiente, no estoy preparado, necesito investigar más, debo perfeccionarlo.
Y ese “todavía” puede prolongarse indefinidamente, porque siempre habrá un libro pendiente, una investigación nueva, una perspectiva que desconocemos, alguien con mayor experiencia y una pregunta para la cual no tengamos respuesta.
Si esperamos sentirnos completamente preparados, quizá nunca hagamos nada.
Desde que encontré aquella reflexión de Clear he intentado incorporar una especie de alarma mental.
Cuando me descubro planeando demasiado, investigando innecesariamente o dando vueltas alrededor de algo que ya debería estar haciendo, trato de detenerme.
A veces literalmente sacudo la cabeza y me digo: estás poniéndote en marcha, pero no estás actuando. Entonces cierro el libro, dejo de buscar, abandono momentáneamente el plan y empiezo a tomar acción: escribo la primera línea, preparo el curso, hago la llamada, envío la propuesta, resuelvo el pendiente. Es decir, trabajo.
Y algo interesante ha ocurrido desde que comencé a hacerlo: he tenido buenos resultados.
No porque haya dejado de estudiar. Mucho menos porque ahora considere innecesaria la preparación. Sigo creyendo profundamente en ambas cosas.
Lo que estoy aprendiendo es que llega un momento en que prepararse más deja de mejorar el resultado y solo retrasa el comienzo.
Esto también sucede en las organizaciones, aunque quizá con otros nombres. Elaboramos planes, convocamos reuniones, revisamos escenarios, solicitamos información y esperamos tener todas las variables bajo control. Hay momentos en que todo eso es indispensable, pero hay otros en los que simplemente tenemos miedo de decidir, porque actuar tiene algo que la preparación no tiene: consecuencias.
Mientras planeamos, todavía podemos imaginar el proyecto perfecto. Cuando actuamos aparece la posibilidad del error.
Quizá el curso no sale como imaginábamos, o el cliente dice que no. Tal vez el texto necesita correcciones o la idea fracasa. Puede ser que alguien descubra que no sabemos tanto como suponía. Y es precisamente ahí donde comienza el aprendizaje verdadero.
Porque también he descubierto algo más: muchas de las cosas que necesito aprender no puedo aprenderlas antes de actuar. Hay que hacerlo, equivocarse, corregir, volver a intentarlo, y entonces, estudiar nuevamente, pero ahora con preguntas nacidas de la experiencia y no solamente de mis inseguridades.
Quizá por eso convenga preguntarnos de vez en cuando, especialmente cuando terminamos un día agotados:
¿Hoy avancé o solamente corrí?
Porque podemos llenar nuestra agenda, terminar cansadísimos, acumular kilómetros en nuestra rueda y convencernos de que hemos sido extraordinariamente productivos.
Pero recuerda, el hámster también corre todo el día.
Planear tranquiliza. Actuar transforma.
