Por Héctor Díaz
Inicié en el romántico y hermético negocio del arte a los 32 años. Una persona me dijo: “Usted debería ser galerista”. Yo le pregunté: “¿Qué es eso?”. “Son las personas que venden arte; usted se mueve en círculos muy exclusivos y además tiene el perfil, siempre anda de traje, sale en las noticias y es muy cercano a empresarios”, me respondió. “Llévame a una galería”, le dije. Al entrar y ver la belleza —y los precios—, supe que siempre había estado en el negocio equivocado. En ese momento, decidí que sería galerista el resto de mi vida.

Fue una decisión consciente, pero también un inexplicable llamado del arte mismo. Creí con absoluta convicción que podría desenvolverme en una industria de lujo. Este mundo no es para todos, y no me refiero a los creadores, sino a los empresarios, porque ofrecemos algo que nadie necesita, se lo vendemos a las personas más ricas —e inaccesibles—, y sostenemos nuestra oferta bajo argumentos intelectuales que solo un selecto grupo comprendemos, mantenemos y defendemos… Este negocio no es para cualquiera.
Después de representar, colaborar, exhibir y asesorar a más de cincuenta pintores, mujeres y hombres, de más de quince países, y cinco años después de la fundación de la galería, implementé un riguroso proceso de institucionalización. De este esfuerzo nacieron los Criterios de Representación de la galería, bajo los cuales tomamos la decisión de representar, dentro del mercado primario, únicamente a maestros vivos del arte figurativo: creadores poseedores de maestría técnica, pictórica y conceptual.
Cuando pones la vara tan alta, tu apreciación se vuelve muy selectiva, porque ya no toleras la mediocridad; solo tienes ojos para la excelencia. Por lo tanto, mi pasión inicial se transformó en una obsesión por las grandes obras.
Ante tanta belleza visual y conceptual, ya no me era suficiente ser solo un espectador; quería ser un partícipe. Decidí aprovechar mi experiencia en el mercado primario e internacional para adquirir piezas extraordinarias, asumiendo la profunda responsabilidad de cualquier coleccionista: la consciencia de que seré su administrador solamente por una temporada, mi vida, con el compromiso de preservarlas y compartirlas. Entonces tomé una decisión trascendente: iniciar una colección de arte.
A menudo se piensa que la galería lleva mi nombre, pero no es así: lleva el de mi hijo, Héctor Díaz. Hoy, la colección lleva el nombre de mi hija: Renata Díaz.
El camino del coleccionismo es, ante todo, una evolución. Mi primera etapa llegó a reunir más de cincuenta obras, entre pinturas y algunos giclées. Como suele ocurrir cuando uno empieza a adquirir arte, había en mí mucha pasión, pero poco conocimiento y escasa organización; las piezas eran hermosas, pero el conjunto carecía de un sentido curatorial definido. Sin embargo, en mi caso, al dirigir una galería, representar artistas y asesorar a coleccionistas, me tomó pocos años comprender a profundidad cómo iniciar, acrecentar y preservar un acervo de esta naturaleza. Con esta nueva visión, antes de formalizar este proyecto, decidí empezar de cero.
Para edificarlo, primero necesitaba deconstruir lo que ya existía. Así comenzó el proceso de desarmar mi primera colección, desprendiéndome de ella pieza por pieza. De todo corazón, regalé cada una de esas obras; las fui descolgando de mis muros para entregarlas a mis hijos, a mi madre, a mis hermanos, a mis amigos, a mis colaboradores, a colegas artistas e incluso a un museo. Fue una experiencia espectacular: a diferencia de un objeto material ordinario, una pintura tiene la hermosa cualidad de hacerse presente en la vida cotidiana de las personas, acompañándolas en sus momentos más íntimos.
En la casa donde crecí, en el seno de una familia tradicional del norte de México, nunca hubo una verdadera obra de arte. Lo común, como en tantos hogares, era tener colgada la imagen de una virgen o la clásica Última Cena. Para mis hijos, sin embargo, la historia se ha escrito de otra manera. Fueron retratados desde pequeños por la pintora mexicana Valeria Reyna —cuando ella solo pintaba abstractos—, y recibieron su primera pintura cuando Renata tenía apenas 12 años y Héctor 10. Naturalmente, a esa edad no lograban dimensionar el valor cultural de lo que sostenían en sus manos, pero me llena de orgullo saber que su viaje como coleccionistas comenzó en la infancia.
Esta colección privada camina en paralelo a la galería. Toda mi experiencia me enseñó que acumular obras no es suficiente; el verdadero rigor de un coleccionista radica en su documentación. Por ello, el corazón de este proyecto es la preservación histórica: cada artista que se integra está respaldado por un libro digital descargable editado por HECTOR DIAZ. Mi intención es que quien admire estas pinturas no solo se maraville con su belleza, sino que cuente con el sustento editorial para sumergirse en la mente de sus creadores.
Busco propiciar un diálogo entre las voces contemporáneas que admiro, entre las generaciones actuales y futuras, protegiendo su trabajo para garantizar que la genialidad del arte figurativo de nuestro tiempo trascienda y se celebre.
El lanzamiento de la colección está programado para julio de 2027, momento en el que inauguraremos el sitio web y presentaremos las primeras obras que conformarán este acervo. Al nacer con vocación pública, sus piezas se prestarán constantemente a distintos museos, enfocándonos de manera especial en aquellos que casi no tienen acceso a arte de este nivel.
Más allá de su innegable valor artístico e histórico, esta colección es un tributo a Renata y a lo que una hija representa en la vida de un hombre.
Héctor Díaz
Fundador y Director
HECTOR DIAZ Gallery | Renata Díaz Collection
