Por Héctor Díaz
Aunque la libertad de expresión garantiza el derecho a opinar, la validez de un argumento depende de su fundamentación, conocimiento y respaldo. Al hablar de Ciudad Juárez, muchos tienen una opinión, pero solo los juarenses conocen realmente su ciudad. Aunado a esto, tratándose de arte, somos muy pocos los que podemos compartir una reflexión informada.
Nací en esta frontera incomprendida por México y el mundo. Después de pasar cerca de veinte años fuera, regresé convertido en el primer galerista —fundador y director de una galería de arte internacional— que ha dado tanto la ciudad como el estado de Chihuahua.
Para mi familia, es un orgullo que sea el primer marchante de arte de un estado tan imponente; para mí, es motivo de asombro descubrirme como el único en su historia. Esto me llevó a cuestionarme por qué carecemos de galeristas y galerías de arte en la región. ¿Acaso a nuestra comunidad no le gusta el arte?
La realidad es que ni en Ciudad Juárez ni en Chihuahua ha existido una verdadera galería de arte; lo que ha habido son tiendas. La diferencia es abismal: una librería vende libros, pero no es una editorial; una tienda de música vende discos, pero no es una disquera. De la misma forma, una tienda de arte vende pinturas y esculturas, pero no es una galería. Las tiendas no son organizaciones que representen a los artistas, forjen su mercado o construyan su legado.
Es verdad que las tiendas de arte predominan en el país; las verdaderas galerías somos escasas. Esta carencia responde a múltiples factores: las tiendas ofrecen artículos de decoración a precios accesibles, mientras que las galerías gestionan obras con un valor patrimonial, histórico y estético superior.
Además, México enfrenta un déficit de coleccionistas, y la operación de una galería exige habilidades complejas —como mantener una representación exitosa en el tiempo y garantizar el crecimiento del artista en el mercado primario— que pocos logran sostener.
Esta orfandad de infraestructura genera otro problema igual de grave: la asfixia del creador. Sin verdaderas galerías, los artistas carecen de las plataformas necesarias para desarrollarse profesionalmente dentro de su propia región. Se enfrentan a un aislamiento absoluto y a una nula representación que les impide proyectar sus carreras. Al no existir organizaciones que construyan y salvaguarden su legado a largo plazo dentro del mercado primario, el talento queda a la deriva, condenado al anonimato o forzado a buscar fuera lo que su ciudad le niega.
Juárez nunca ha tenido un museo de arte propio. Aunque el Museo de Arte de Ciudad Juárez (MACJ) existe, no pertenece a la ciudad ni al estado; forma parte de la red del Instituto Nacional de Bellas Artes y Literatura (INBAL). Su administración está centralizada, lo que trae consigo un problema silencioso pero devastador para los juarenses: las mejores exposiciones se deciden y distribuyen en la Ciudad de México, y nuestra frontera no figura en sus prioridades. Como resultado, las muestras locales han sido de muy bajo nivel cultural durante décadas, como si nuestra comunidad debiera conformarse con las sobras de la capital. Gracias, pero no.
El MACJ abrió sus puertas en 1964 bajo el Programa Nacional Fronterizo (PRONAF), con el objetivo de crear centros culturales en la franja norte. Su edificio, diseñado por el célebre arquitecto Pedro Ramírez Vázquez (autor del Museo Nacional de Antropología y el Estadio Azteca), es icónico y parte de nuestra identidad. Sin embargo, hoy su función es meramente estética, operando más como un monumento —al igual que la escultura de Sebastián— que como un recinto cultural vivo. Digo esto como una crítica directa, honesta y, por supuesto, con profunda tristeza.
¿Por qué los juarenses no visitan museos de arte los fines de semana? Por la sencilla razón de que la oferta es deplorable; la visita suele generar más decepción que asombro. ¿Acaso no somos dignos de exposiciones de alto valor cultural? Lo somos y lo merecemos. Somos una comunidad resiliente frente a la adversidad social y la violencia, y aportamos enormemente al país. Quizá los juarenses han estado rezagados culturalmente durante tanto tiempo que ignoran que tienen derecho a exigir arte de primer mundo en su ciudad.
Existen esfuerzos institucionales, como los del Museo de Arqueología e Historia de El Chamizal y el Centro Cultural de las Fronteras de la UACJ, pero se ven opacados por un nivel artístico deficiente. El principal problema es la endogamia de nuestro ecosistema cultural: la gente siempre ve lo mismo. Urge una oferta de trascendencia nacional e internacional, pero, lamentablemente, las direcciones actuales no han mostrado la capacidad de gestionarla. La iniciativa privada ha intentado llenar este vacío con espacios como la colección ecléctica del Laberinto del Quinto Sol (erróneamente llamada galería) o el reciente Museo de las Identidades Juarenses. No obstante, aunque la ciudad cuenta con salas de exhibición, ha faltado la visión para atraer exposiciones magistrales que integren el arte a la vida diaria de los juarenses.
A esta falta de visión se suma el papel de los medios de comunicación. Resulta sintomático que el periódico más importante de la región, El Diario, carezca de una sección dedicada a la cultura en su plataforma. Esta omisión profundiza aún más el olvido del arte en nuestra ciudad; los ciudadanos son inundados diariamente con un alud de noticias, mientras que la cultura es relegada o tristemente sustituida por notas de espectáculos. Cuando el entretenimiento reemplaza a las bellas artes en la agenda pública, se le niega a la sociedad el derecho a cultivar su sensibilidad.
Un ejemplo alarmante de cómo el espectáculo usurpa el lugar de la cultura es la reciente decisión del municipio de autorizar más de 70 millones de pesos para el museo de Juan Gabriel. Resulta incomprensible que se destine tal cantidad de recursos públicos a una propiedad privada, ignorando por completo la orfandad artística que padece la ciudad. Ojalá las autoridades hubieran tenido la visión de invertir ese capital en verdadero desarrollo cultural. Por si fuera poco, el costo de acceso a este recinto supera los 350 pesos por persona; ni siquiera el Museo del Louvre impone esas tarifas a sus residentes.
Lejos de ser un proyecto de beneficio social, esto se asemeja más a un negocio lucrativo subsidiado con nuestros impuestos; un verdadero atropello. Por si fuera poco, a esta crisis estructural se añade una tendencia nociva: la proliferación del arte conceptual en los museos y en espacios locales —también mal llamados galerías— como Azul Arena, San Luis Contemporáneo y el Edificio de los Sueños. Este fenómeno es alarmante. Si la comunidad ya carece de formación artística, inundar la oferta con arte vacío, ensamblado con despojos de lotes baldíos, es contraproducente. Si antes el público se sentía decepcionado, hoy se siente burlado.
Las bellas artes, fundamentadas en la maestría técnica, pictórica y escultórica, jamás podrán ser reemplazadas por el facilismo del arte conceptual, donde la idea pretende justificar la carencia de oficio.
Es un despropósito acudir al Museo de Arte de Ciudad Juárez para contemplar platos rotos o pedazos de cuerda bajo la etiqueta de “arte”. Y si el espectador no conecta con la obra, se le acusa de ignorancia, cuando en realidad se trata de un insulto a su intelecto. Es lamentable el nivel al que ha descendido este recinto.
Hablo de Juárez porque soy juarense; hablo de arte porque soy galerista. Y alzo la voz porque tengo una responsabilidad ineludible como hijo de esta frontera. La ausencia de verdaderas galerías en nuestra ciudad no es obra de la casualidad, sino la consecuencia directa de este rezago. Es una premisa ineludible: sin cultura, no se forman públicos; sin públicos, las galerías no tienen un ecosistema para existir; y sin galerías, los artistas se quedan sin representación ni mercado para consolidar sus carreras. Si los ciudadanos, cansados de ofertas vacías y recintos abandonados, rechazan asistir a las exposiciones públicas, ¿cómo podemos pretender que crucen la puerta de una galería para iniciar una colección y respaldar a un creador? Es un círculo vicioso que ha sofocado a todo el sector. Sin embargo, esta realidad no es una condena irreversible; se puede cambiar.
Si elevamos el nivel y acercamos arte con verdadera maestría y valor histórico, estoy convencido de que la comunidad juarense responderá, cerrando por fin la brecha entre el público, el galerista y el artista. Como galerista, me comprometo a iniciar parte de las operaciones de mi galería en Juárez. Con este paso, busco aportar mi esfuerzo para que el mundo nos voltee a ver, no solo como una frontera industrial, sino como una ciudad desde donde se representan grandes maestros y se forjan coleccionistas globales.
No podemos permitirnos ser una ciudad huérfana de cultura. Propongo formalmente que la ciudad construya su propio museo de arte, y exijo, como juarense, una oferta cultural de clase mundial en nuestros espacios públicos.
El eslabón pendiente, y urgente, de Juárez es el arte.
Héctor Díaz
Fundador y Director de la galería internacional HECTOR DIAZ
gallery@hectordiaz.art
