
Por Mayra Machuca
Hoy no vengo a hablar solo de economía.
Vengo a hablar de responsabilidad.
De liderazgo.
Y de un papel que no puede seguir ausente.
Durante años, el empresario fue una voz central en la vida pública. No como espectador, sino como protagonista del desarrollo. Hoy, esa voz se ha ido apagando en la agenda política. No porque haya perdido importancia, sino porque se ha normalizado la idea de que el desarrollo puede construirse sin quienes generan empleo. Y eso es un error.
El empresario no es únicamente un contribuyente.
El empresario es quien arriesga.
Quien invierte cuando hay incertidumbre.
Quien abre una empresa, sostiene nóminas, capacita talento y mantiene viva la economía real.
Cada empleo que se genera es una familia que avanza.
Cada empresa que se sostiene es una comunidad que se fortalece.
Sin empresarios no hay empleo.
Sin empleo no hay desarrollo.
Y sin desarrollo, no hay bienestar posible.
La sociedad necesita a los empresarios porque son quienes convierten ideas en productividad y esfuerzo en oportunidades. Porque generan movilidad social, estabilidad y futuro. Cuando se excluye al empresario del debate público, no se castiga a un sector: se debilita a toda la sociedad y se incrementa la dependencia del Estado.
Chihuahua lo ha demostrado.
Durante años, la iniciativa privada organizada participó activamente en la toma de decisiones públicas: en mesas de seguridad, desarrollo económico y transparencia. Ese diálogo permitió construir confianza, competitividad y condiciones reales para la inversión. Hoy, ese puente está fracturado, y sus efectos ya comienzan a sentirse.
Las políticas públicas no pueden diseñarse desde el escritorio, ignorando cómo se genera el empleo. La mayoría de los políticos nunca ha creado una sola fuente de trabajo. Pretender que el crecimiento dependa únicamente del gobierno es no entender cómo funciona la economía.
Y aquí la solución es clara.
Si algunos empresarios de antes han decidido no participar, entonces el espacio debe ser ocupado por quienes hoy están emergiendo. Por los jóvenes empresarios. Por quienes están innovando, emprendiendo y construyendo nuevas formas de hacer empresa. El liderazgo económico no puede quedar vacío.
El empresario no puede replegarse.
No puede guardar silencio.
No puede conformarse con resistir.
Participar en la vida pública no es un privilegio, es una responsabilidad social. Alzar la voz, proponer, exigir y dialogar no es defender intereses particulares; es defender el desarrollo del país.
Este es el llamado del empresario.
Y también el llamado de una nueva generación.
Porque sin empresarios no hay futuro económico.
Y sin su voz, el desarrollo queda incompleto.
