Por Carlos Villarreal
En los últimos días he estado reflexionando mucho sobre nuestra juventud. No como un concepto abstracto o una etiqueta generacional, sino como nosotros: los que estamos estudiando, trabajando, equivocándonos, intentando entender el país en el que nacimos. Y lo he pensado porque México vuelve a atravesar momentos muy difíciles.
Todos decimos que México nos duele, y es verdad. Pero no siempre sabemos cómo cuidarlo. No siempre sabemos qué hacer con ese dolor.
Durante mucho tiempo se nos enseñó a ver al país como algo que “otros” manejan. Que, si las cosas van mal, es culpa de alguien más. Y sí, hay responsabilidades que no son nuestras, pero también hay un espacio que sí nos corresponde, y no está en la crítica, sino en la construcción.
Construir no es callar ni aceptar lo que duele como si fuera normal. Tampoco es quedarnos viendo todo desde lejos. Construir es involucrarnos. Es hacernos responsables de entender mejor lo que pasa y de actuar desde donde estamos.
A veces construir empieza con sentarnos a conversar sin intentar ganar la conversación. Empieza cuando buscamos a alguien que sabe más, no para debatir, sino para aprender. Construir implica acompañarnos, compartir dudas, reconocer límites y seguir avanzando, aunque no haya aplausos ni resultados inmediatos.
Y eso, aunque suene sencillo, requiere más valentía que cualquier reacción.
A quienes han vivido más que nosotros, los necesitamos cerca. No como una autoridad intocable, sino como una referencia.
Porque el despertar de la juventud mexicana no es un grito ni un momento histórico evidente. No es una marcha, ni una tendencia, ni una foto viral.
Es algo más lento. Más honesto. Más profundo.
Es ese instante en el que dejamos de decir “alguien debería hacer algo” y empezamos a preguntar “¿qué puedo aportar yo desde donde estoy?” No para hacerlo solos, sino para hacerlo juntos.
Y quizás, si algo nace de este artículo, que sea eso: la idea de que todavía podemos construir un país donde valga la pena quedarse, servir, vivir y crecer.
El resto se trabaja día con día. Sin prisa. Sin espectáculo. Con compromiso.

